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OPINIÓN

¡No quiero volver a la normalidad!

¡No quiero volver a la normalidad!

¡No quiero volver a la normalidad!

Santiago Vega - 04-02-2021 - 09:32 H

Catedrático del Área de Sanidad Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad CEU Cardenal Herrera

Puede que la pandemia de SARS-CoV-2 empezara en un murciélago en una cueva, pero fue la actividad humana la que lo dejo suelto. La pandemia derivada del SARS-CoV-2 ya estaba anunciada por los científicos familiarizados con la ecología de las enfermedades.

En 2015, Bill Gate en una charla de TED (acrónimo de Tecnología, Entretenimiento, Diseño), avisó:

«del peligro de una pandemia inminente y de lo poco preparados que estábamos para ello.»

Unos años más tarde, en 2018, en la reunión del Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se alertó a los científicos y trabajadores de la salud de todo el mundo sobre un nuevo y potencialmente mortal agente patógeno,

«la enfermedad X está por llegar y probablemente surgirá de un virus que se originara en animales, en algún lugar del planeta donde el desarrollo económico hace que las personas invadan la vida silvestre. Probablemente se confundirá con otras enfermedades al comienzo del brote y se propagara rápida y silenciosamente; aprovechando redes de viajes y comercio humanos, llegara a múltiples países impidiendo su contención. La enfermedad X tendrá una tasa de mortalidad más alta que la gripe estacional y se diseminará tan fácilmente como aquella. Sacudirá los mercados financieros incluso antes de alcanzar el estado de pandemia.»

En pocas palabras la COVID-19 es «la enfermedad X». Por lo tanto, avisados sí que estábamos avisados.

Lo que no estamos es preparados para afrontar estas situaciones, porque las estrategias de combate contra enfermedades emergentes son básicamente reactivas: solo actuamos cuando acontecen. Es decir, demasiado tarde.

Pero vamos al origen del problema, ¿Cómo están surgiendo las nuevas pandemias?

Las pandemias tienen lugar cuando abrimos brechas en la naturaleza de forma desbordada e incontrolada, como las que causan el comercio, la caza y el consumo de animales silvestres, la deforestación o la sobreexplotación ganadera. Todo ello rompe el efecto protector de la biodiversidad y favorece el trasvase de patógenos. A esto hay que sumar dos elementos cruciales. Uno, solo conocemos un 1% de los virus de los animales silvestres, y dos, la cada vez más alta densidad de población humana y su movilidad sin precedentes que promueven infinidad de vías de contagio.

Recientemente Peter Daszak, presidente de la Alianza Ecohealth afirmaba que:

«Hoy tenemos claro que hay una relación muy estrecha entre el comercio internacional y las enfermedades emergentes y tenemos que defender la consolidación de la idea de una sola salud global «One World, One Health» que proteja a la vez ecosistemas, fauna y humanos.»

El desarrollo económico de muchos países está haciendo que las personas invadan la vida silvestre.

Tenemos que cambiar el paradigma de actuación frente a las pandemias, porque otras nuevas emergerán en el futuro. Para ello se requiere no solo más investigación en los laboratorios, sino también inventariar los potenciales virus emergentes y saber qué condiciones ambientales favorecen el trasvase de patógenos a humanos.

El homo sapiens lleva en el planeta Tierra unos 100.000 años mientras que los virus cuentan con millones de años de «vida».

En el genoma de algunas aves actuales se han hallado restos de virus de la hepatitis B a los que se les calcula una antigüedad de 19 millones de años. Sin embargo, estudios genéticos con avispas sugieren que ya había virus infectando insectos hace 300 millones de años.

Los virus se desarrollaron extraordinariamente desde que el homo sapiens empezó a ser agrícola hace entre 8.000 y 10.000 años puesto que entonces la concentración de animales, plantas y seres humanos –que crecieron enormemente en población- les puso a los virus en bandeja numerosos huéspedes en los que vivir.

Los virus más conocidos recientemente como la viruela, la polio, la rabia, el sarampión, el virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH), el SARS o el propio coronavirus COVID-19, han ido «saltando» de animal en animal hasta que han llegado a los humanos y se acusa de ello sobre todo a ratas, murciélagos y monos, más que a ninguno a los dos primeros porque sobre el mono pesa la procedencia del VIH.

La amenaza de los virus —si la miramos en términos evolutivos y de tiempos históricos— no ha hecho más que empezar. Se calcula como señalábamos antes que hasta la fecha se han descubierto unas 3.000 especies de virus pero que aún quedan en mamíferos bastante más de 300.000 virus por descubrir que pueden ser peligrosos para nosotros.

Ojalá, mientras sobrevivamos a golpe de confinamiento, podamos discernir qué mundo querremos cuando hayamos superado este trance.

Qué gestión de los ecosistemas haremos para que el próximo virus emerja lo más tarde posible.

Cómo fortaleceremos nuestros sistemas sanitarios y nuestra capacidad de reacción ante las pandemias del futuro y de qué forma abordaremos las crecientes desigualdades sociales y los efectos de la globalización.

El mensaje de que el cambio climático está amenazando la salud está empezando a llegar a la gente. Pero es importante ampliar ese marco, porque si se hace un diagnóstico erróneo, entonces habrá un tratamiento equivocado. Si el problema se ve únicamente como una cuestión de cambio climático, entonces el tratamiento se limita casi exclusivamente a la industria energética y a la necesidad de hacerla CO2 neutral. No hay absolutamente ninguna duda de que es necesario. Pero es posible que sigamos en crisis aun después de hacerlo. El verdadero problema es la dimensión de las actividades humanas. El aumento de las temperaturas y la degradación del medio ambiente (cambio climático) aumenta las zoonosis.

El alcance de nuestro patrón de consumo global excede la capacidad de nuestro planeta para absorber nuestros desechos o proporcionar los recursos que estamos utilizando de forma sostenible. Esto está afectando a la calidad y cantidad de los alimentos que producimos, la calidad del aire y del agua, la exposición a fenómenos meteorológicos extremos, las amenazas a enfermedades infecciosas, a episodios como la pandemia, incluso a la habitabilidad de algunas regiones del planeta.

No se puede salvaguardar la salud humana sin tener en cuenta nuestro impacto en los sistemas naturales del planeta.

En general hay muchas soluciones, pero en realidad requiere lo que muchos de nosotros llamamos la «gran transición» o «gran giro»: una corrección del rumbo para hacer todo de manera diferente y minimizar nuestra huella ecológica.

En un año en el que los incendios forestales y las mega tormentas han hecho estragos en muchas partes del mundo y un nuevo tipo de virus ha dado el salto de animales a humanos y ha afectado a todo el planeta, los científicos están estableciendo un vínculo cada mas vez más claro entre la importancia de un medioambiente saludable para la propia salud de las personas.

Como resultado del cambio climático, cambios de temperatura bruscos y fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones, huracanes o sequias más recurrentes, serán el caldo de cultivo perfecto para la alteración del comportamiento de los virus y la aparición de enfermedades infecciosas.

Se ha demostrado, que a medida que el mundo aumenta su temperatura media, el rango de actividad de los mosquitos transmisores de malaria también se amplía. Además, otros factores relacionados con el cambio climático como la contaminación y el empeoramiento de la calidad del aire nos hacen más vulnerables a padecer enfermedades infecciosas de carácter respiratorio.

La comunidad científica se ha empezado a cuestionar, si la rápida propagación del COVID-19 ha tenido algo que ver con el cambio climático. Aunque no existe ninguna evidencia que lo confirme, todo apunta a que el calentamiento global favorece el desarrollo de las enfermedades epidémicas y contagiosas.

La evidencia más clara y en la que existe un amplio consenso entre la comunidad científica es que el aumento de la temperatura de la Tierra, consecuencia directa del cambio climático, favorece la replicación de los virus, así como la creación de condiciones óptimas para que se reproduzcan y viajen. En temperaturas de alrededor de 28 o 29°C el virus se trasmite y replica de una forma óptima.

Prueba de ello es la experiencia aprendida en la epidemia del virus SARS en China en 2002, en la que pacientes de regiones con mayores niveles de contaminación del aire tenían el doble de probabilidades de fallecer tras contagiarse frente a los de regiones con mejor calidad del aire.

Las alteraciones en la temperatura media, los niveles de humedad, la calidad de la vegetación o el movimiento a gran escala de los animales por estos mismos motivos, inevitablemente derivan en cambios en los patrones de distribución de los artrópodos y que son potentes transmisores de enfermedades.

Los científicos también han mostrado su preocupación ante la proliferación de los virus a manos de las aves, cuyos ciclos migratorios se han visto ampliamente afectados por el cambio climático. Los pájaros pueden actuar como vehículos y transportar el virus a regiones o zonas totalmente nuevas.

Que hemos aprendido de esta pandemia, la capacidad que tenemos las personas de todo el mundo de cambiar nuestro comportamiento a nivel global y colectivo en respuesta a una amenaza exagerada. Nunca antes habíamos visto algo así en la historia de la humanidad, donde casi todos los habitantes del planeta han cambiado su forma de vida en un periodo muy corto en respuesta a una amenaza.

Si hacemos frente al cambio climático evitamos futuras pandemias. Si cuidamos la salud de la Tierra, cuidamos nuestra salud.

Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las consecuencias del cambio climático podrían ser irreversibles si no frenamos nuestras emisiones antes de 2030. Los expertos señalan que, si nada cambia, en ese año comenzaría el principio del fin para nuestro planeta.

NO DEBERÍAMOS VOLVER A LA NORMALIDAD, PORQUE, ESA NORMALIDAD ES EL MEOLLO DEL PROBLEMA.

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