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OPINIÓN

«¡Las ratas voladoras!»

«¡Las ratas voladoras!»

«¡Las ratas voladoras!»

Santiago Vega - 08-03-2021 - 12:15 H

Catedrático del Área de Sanidad Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad CEU Cardenal Herrera

Este es el nombre con el que los franceses conocen a los murciélagos. En diversas culturas, los murciélagos son animales que inspiran temor o repulsión por su asociación a «ratas voladoras» que pueden transmitir enfermedades como la rabia, y por los numerosos relatos míticos tejidos en torno a ellos, como los de vampiros, chupadores de sangre, aunque en realidad solo existan 3 especies de murciélagos que se alimentan exclusivamente de sangre de animales y viven en el sur de México, Centroamérica y Sudamérica.

En el mundo existen más de 1.100 especies diferentes de estos quirópteros distribuidas en todos los continentes, salvo la Antártida, y representan el 20% de mamíferos del planeta (el segundo orden más numeroso, por detrás de los roedores). El hecho de que vuelan contribuye a que esparzan enfermedades, especialmente a través de los virus en sus heces.

Pero, por qué en muchas de las emergencias de nuevos virus está frecuentemente presente el murciélago.

Al parecer la respuesta está en las adaptaciones al vuelo de estos animales, que han tenido un efecto secundario en su sistema inmune. Ha progresado para permitir la convivencia del animal con muchos tipos de virus diferentes, sin que el murciélago muestre síntomas graves o desarrolle la enfermedad.

Estos mamíferos voladores, han pasado a ocupar las primeras páginas de muchas revistas de divulgación científica por su relación con la actual pandemia de COVID-19, al hilo de la misma, se ha puesto de manifiesto que no es la primera vez que estos animales se asociación a pandemias.

Pero no nos desviemos de la pregunta inicial, porque son tolerantes a un número tan elevado de virus, la respuesta parece estar en que han desarrollado un metabolismo rápido, capaz de generar enormes cantidades de energía para mantener el vuelo noche tras noche. Los murciélagos duermen prácticamente todo el día, por tanto, tienen unas constantes vitales muy bajas. Pero de noche, cuando vuelan, gastan mucha energía y tienen un metabolismo mucho más activo que el de los humanos. Son estas adaptaciones, las que a su vez impulsaron cambios importantes en el sistema inmune de los murciélagos, y que parecen ser la clave para entender por qué los murciélagos alojan diversos virus sin enfermarse.

De acuerdo con una investigación publicada en la revista Emerging Infectious Diseases, los murciélagos aumentan su temperatura corporal durante el vuelo hasta superar los 41°C, por la demanda metabólica de esta actividad, y ponen sus cuerpos en un estado constante de «fiebre». Esto ocurre al menos dos veces al día, cuando van a buscar comida y cuando regresan. Los patógenos han evolucionado para resistir a estos picos de temperatura corporal. El problema está, sobre todo, cuando se cruzan estas enfermedades con otra especie.

Estas altas temperaturas podrían potenciar la respuesta inmune, a través de la activación de múltiples mecanismos de defensa y en consecuencia proteger a los murciélagos de la misma manera en que la fiebre facilita el combate de infecciones. De acuerdo con los investigadores, la elevación constante de la temperatura corporal podría ayudar a los murciélagos en las primeras etapas de las infecciones virales.

Para sobrevivir a estas condiciones, los virus de los murciélagos se han adaptado a las altas temperaturas, alcanzado una especie de equilibrio con sus hospederos naturales. Aunque esto es una buena noticia para los murciélagos, no lo es tanto para las especies que no han coevolucionado durante millones de años con los virus de estos, ya que a un virus de murciélago le sería posible sobrevivir a temperaturas similares a la de estados febriles (por encima de 38°C en el caso de los humanos, por ejemplo).

Un virus que se adapta a un murciélago probablemente no se verá afectado por una temperatura corporal más alta, por lo que la fiebre humana no funcionará como mecanismo de defensa. Los virus, por tanto, tienen en los murciélagos un lugar ideal donde permanecer, mutar e infectar nuevos hospedadores. Todo ello funciona como una bomba de relojería que estalla cuando se propagan con otros animales, cuando se comercializan en mercados y cuando invadimos su territorio.

Una segunda hipótesis se recoge en un estudio de la Universidad de California Berkeley (Estados Unidos) publicado en la revista eLife, setraza una línea de correlación entre el sistema inmunológico de los murciélagos y la potencia de sus virus. Según los expertos, el organismo de los mamíferos voladores es altamente resistente a estas amenazas y, además, muy rápido en su respuesta. Esto provoca que los agentes patógenos deban acelerar su ritmo para adaptarse en el organismo del anfitrión antes de que la veloz defensa acabe con cualquier posibilidad de supervivencia. De este modo, cuando los virus saltan a otras especies tienen más vigor y capacidad de contagio. De hecho, son capaces de mantener esa fuerza cuando alcanzan a los humanos a través de un intermediario.

Los investigadores sospechaban que alguna peculiaridad del sistema inmunitario de los murciélagos debería estar detrás del fenómeno. Y así fue. Además de trabajar a altas temperaturas, el sistema inmune de los murciélagos responde rápidamente a la presencia de virus mediante la producción de sustancias que los ayudan a mantenerlos a raya. El interferón-alfa, una de estas sustancias, es especialmente útil para combatirlos. Concretamente, comprobaron que después de la infección generaban una gran cantidad de interferón-alfa, una molécula cuyo papel, entre otros, es promover un estado de defensa en las células cercanas. Además, estas respuestas de interferón de murciélago parecían permitir que las infecciones duren más tiempo.

De este modo no solo se libran de los síntomas de la infección; sino que, además, «entrenan» al virus, que pasa más tiempo en el interior de su organismo, adaptándose y preparándose para combatir estos batallones defensivos. El resultado final es que, si bien ellos no caen enfermos, cuando entran en contacto con otra especie, como la humana, le traspasan un «supervirus», contra el que un sistema inmunitario básico tiene poco que hacer.

Otro aspecto en el que el sistema inmune de los murciélagos es muy eficaz es contra el estrés oxidativo, generado por moléculas liberadas durante la producción sostenida de energía necesaria para el vuelo. Estas moléculas pueden dañar las células y el ADN que contienen si el daño no se detecta y repara rápidamente. En el resto de los mamíferos, ese material genético resultante sería catalogado por el sistema inmunitario como nocivo y se dispararía una respuesta defensiva que en los murciélagos es muy tenue. Ante los virus, su respuesta es la misma: se defienden de forma efectiva, pero débil, y no enferman. De acuerdo con un grupo de científicos, esta gran capacidad para reducir el estrés oxidativo también parece ser el resultado de la coevolución entre virus y murciélagos.

En la misma línea, en un ensayo de 2018 publicado en Cell Host and Microbe, científicos de China y Singapur dieron a conocer su investigación acerca de cómo los murciélagos lidian con lo que ellos llamarón percepción del ADN. Como señalábamos antes, la energía que requiere el vuelo es tal que las células del cuerpo se rompen y liberan fragmentos de ADN que se quedan flotando donde no deberían hacerlo.

Los mamíferos, incluidos los murciélagos, tienen maneras de identificar y responder a esos fragmentos de ADN, los cuales podrían indicar la invasión de un organismo que podría provocarles una enfermedad; sin embargo, descubrieron que, en los murciélagos, la evolución ha debilitado ese sistema, que normalmente les causaría inflamación mientras su cuerpo combate los virus.

Los murciélagos han perdido algunos genes que influyen en esa respuesta, lo cual tiene lógica porque la inflamación en sí misma puede ser muy dañina para el cuerpo. Tienen una respuesta debilitada, pero sigue ahí. Por lo tanto, escribieron los investigadores, esta respuesta debilitada quizá les permite mantener un «estado equilibrado de respuesta efectiva pero no ‘exagerada’ en contra de los virus».

En resumen, los murciélagos no tienen el mecanismo para reaccionar frente a estos fragmentos de ADN, lo que indicaría que algo va mal (la invasión de un organismo patógeno, por ejemplo). En otros mamíferos, provocaría una inflamación en la lucha contra el virus. En los murciélagos no porque han perdido algunos de los genes que estaban implicados en esta reacción, se han acostumbrado a lidiar con este estrés, es como si estuviera en un estado de alerta. Aunque pueden tener una pequeña reacción, esta es muy pequeña.

En conjunto, todos estos hallazgos científicos indican que los virus han jugado un papel crucial en la evolución del sistema inmune y metabolismo de los murciélagos. La coevolución de ambos grupos ha elevado al máximo los mecanismos de vigilancia y protección inmune de los murciélagos, y ha permitido establecer entre estos y sus virus una relación simbiótica, ciertamente fructífera, a lo largo de millones de años.

Esto hace que los murciélagos sean un reservorio único de virus de rápida reproducción y altamente transmisibles. Mientras que los murciélagos pueden tolerar virus como estos, cuando estos virus se transmiten a animales que carecen de un sistema inmunológico de respuesta rápida, los virus afectan mucho a sus nuevos huéspedes, lo que conduce a altas tasas de mortalidad.

Todo lo anterior nos podría llevar a pensar en los murciélagos como especie dañina para las personas y el planeta, pero nada más lejos de la realidad, los servicios que prestan a los ecosistemas y a nuestra especie como polinizadores, dispersores de semillas y controladores de insectos son fundamentales para nuestro propio bienestar. Serían necesarios millones de dólares y toneladas de pesticidas para sustituir su papel controlando las plagas de los cultivos de maíz y arroz. En realidad, está siendo el desarrollo económico de muchos países el que está llevando a las personas a invadir la vida silvestre, y los ecosistemas donde viven entre otros estas, injustamente llamadas “ratas voladoras”.

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