Un cambio repentino de carácter en la mascota puede ser la primera señal de una enfermedad orgánica: la medicina veterinaria y la terapia conductual deben ir siempre de la mano
Veterinarios etólogos explican cómo las enfermedades alteran el comportamiento de perros y gatos
Un cambio repentino de carácter en la mascota puede ser la primera señal de una enfermedad orgánica: la medicina veterinaria y la terapia conductual deben ir siempre de la mano
Redacción -
06-07-2026 - 12:00 H -
min.
El Grupo de Medicina del Comportamiento (Gemca) de la Asociación de Veterinarios Españoles de Pequeños Animales (Avepa) ha publicado un artículo de la veterinaria etóloga Susana Muñiz de Miguel en el que explica cómo las enfermedades alteran el comportamiento de perros y gatos.
“El comportamiento de nuestros compañeros es una de las ventanas más directas de las que disponemos para evaluar su estado de salud general. A menudo, cuando un perro o un gato empieza a mostrar actitudes problemáticas, la primera reacción de las familias es atribuirlo a problemas de educación, adiestramiento o incluso a simple ‘rebeldía’. Sin embargo, la ciencia veterinaria nos enseña que el comportamiento no ocurre en el vacío. Al contrario, es un componente esencial de su bienestar global, ya que refleja el delicado equilibrio entre los factores internos del animal —su estado físico y emocional— y el entorno en el que vive”, explica.
Por esta razón, señala que “tratar los problemas de conducta de forma aislada suele ser ineficaz”. “La medicina veterinaria y la terapia conductual deben ir siempre de la mano en un enfoque multidisciplinar, porque el comportamiento está profundamente influenciado por la fisiología del animal y cualquier trastorno físico afectará significativamente su bienestar conductual. En otras palabras: si tu animal no se siente bien físicamente, es muy probable que no se ‘porte’ bien”, apunta.
“Antes de plantearnos un tratamiento basado únicamente en educación o modificación de conducta, es absolutamente necesario que el veterinario descarte la existencia de causas orgánicas. Existe una inmensa variedad de enfermedades orgánicas que pueden alterar el carácter de nuestro compañero. Entre ellas destacan problemas endocrinos y metabólicos, trastornos gastrointestinales, dermatológicos, ortopédicos o el dolor, e incluso los efectos secundarios de ciertos medicamentos que pueda estar tomando”, indica Muñiz de Miguel.
Dado este amplio abanico de posibilidades, el abordaje inicial debe incluir un diagnóstico médico completo y exhaustivo. “Este examen no se limita a mirar al animal; debe incorporar una evaluación neurológica y ortopédica para localizar posibles puntos de dolor, así como pruebas de laboratorio que incluyan análisis de sangre completos —hemograma y bioquímica—, perfil de hormonas tiroideas, y análisis de orina y heces”, explica.
En situaciones más complejas, o si la clínica lo justifica, la veterinaria etóloga recuerda que el veterinario podría solicitar pruebas de imagen más avanzadas, como radiografías, ecografías o incluso una resonancia magnética o tomografía —TAC—.
“Identificar un problema de salud físico no descarta que exista también un trastorno de conducta. De hecho, la coincidencia de ambos es muy alta. Las enfermedades orgánicas muchas veces actúan como detonantes o como factores que agravan problemas conductuales preexistentes. Este enfoque integrado es la única vía para mejorar el bienestar total del paciente y evitar que las alteraciones conductuales empeoren por la falta de un tratamiento médico”, añade.
Para entender esto, plantea un ejemplo muy ilustrativo: un perro diagnosticado con diabetes. “Esta enfermedad puede provocar ‘polifagia’, es decir, un hambre extrema e insaciable. A causa de esta sensación física incontrolable, el perro podría volverse agresivo para proteger su cuenco de comida. En este escenario, de nada serviría aplicar una modificación de conducta si primero no tratamos su diabetes de forma metabólica. Una vez estabilizada la enfermedad y controlado su apetito, se trabajará su conducta para evitar que esa agresividad aprendida se mantenga como un hábito”, expone.
“Las enfermedades metabólicas, particularmente aquellas que afectan a las glándulas tiroides, las glándulas suprarrenales o el páncreas, pueden pasar desapercibidas. Se manifiestan no solo a través de cambios físicos, sino también mediante cambios de comportamiento muy inespecíficos, lo que dificulta enormemente su reconocimiento clínico temprano”, advierte.
La veterinaria etóloga recuerda que “la glándula tiroides actúa como el termostato del cuerpo, y sus desajustes alteran la química cerebral”. En este sentido, explica que las hormonas tiroideas modulan neurotransmisores esenciales como la serotonina, la dopamina y la adrenalina.
“Una alteración en la tiroides puede, por ejemplo, reducir de forma crítica el umbral de paciencia del animal, volviéndolo mucho más propenso a reaccionar de forma agresiva ante estímulos cotidianos”, señala.
En los perros, el hipotiroidismo —baja producción de hormonas— es el problema endocrino más común, aunque en el total de la población canina su prevalencia general es solo del 0,2%. “Los perros que lo padecen sufren manifestaciones conductuales que incluyen letargia, cansancio extremo, desorientación, lentitud mental y cambios en la forma en que interactúan con sus tutores”, indica.
De manera muy significativa, se ha relacionado el hipotiroidismo canino con la aparición repentina de fobias a ruidos fuertes o tormentas, ansiedad por separación, hiperactividad, conductas compulsivas, dificultad extrema para aprender y agresividad.
“En ciertos pacientes, la agresividad puede ser el único síntoma clínico que alerte a los tutores. Sin embargo, no se debe administrar medicación para la tiroides a un perro sano creyendo que mejorará su conducta; suplementarlo innecesariamente provocará taquicardias, un mayor nerviosismo y agresividad”, subraya.
El panorama en los gatos es justo el contrario. “En ellos el hipotiroidismo es extremadamente raro, pero el hipertiroidismo —exceso de hormonas tiroideas— es la enfermedad endocrina más común en la especie. Un gato hipertiroideo es un animal acelerado. Sus cuidadores suelen notar un nivel alto de ansiedad, inquietud, vocalizaciones intensas durante la noche, un apetito voraz e hiperactividad, además de cambios en sus hábitos en la caja de arena”, explica.
Además, al afectar mayoritariamente a gatos mayores de diez años, a menudo estos síntomas se confunden con el envejecimiento o el deterioro cognitivo.
“Las glándulas suprarrenales segregan diversas hormonas, incluyendo las relacionadas con el estrés —como el cortisol— y hormonas sexuales. Un desequilibrio en este sistema puede cambiar el temperamento del animal”, apunta Muñiz de Miguel.
Por ejemplo, señala que se ha comprobado que dar medicamentos basados en glucocorticoides a un perro aumenta su agresividad, sus miedos, sus ladridos y sus respuestas de sobresalto, y al mismo tiempo reduce su capacidad de jugar o de explorar.
“El Síndrome de Cushing —hiperadrenocorticismo—, donde el cuerpo genera demasiado cortisol, provoca en los perros un jadeo constante, necesidad excesiva de orinar, hambre insaciable y una notable falta de energía”, afirma.
En los gatos, esta condición es muy rara, pero cuando se presenta se traduce en episodios de agresión, marcaje agresivo con orina en casa, vocalizaciones y una compulsión extraña a frotar su cabeza contra los objetos.
Por otro lado, cuando falla el páncreas puede desarrollarse diabetes. “Más allá de tener mucha sed o hambre, los perros diabéticos experimentan una elevada ansiedad. En los gatos, la diabetes puede volverlos enormemente irritables y agresivos, alterando su descanso y generándoles confusión”, explica.
Asimismo, advierte de que un dato crítico es que los gatos diabéticos pueden desarrollar “neuropatía” —daño en los nervios—, que les causa dolor y dificultad para saltar. “Ese malestar continuo les produce una fuerte aversión a ser acariciados o manipulados, lo cual puede ser malinterpretado por la familia como mal comportamiento en lugar de dolor”, remarca.
“Un factor vital que considerar es que muchos pacientes que ya están siendo tratados por problemas de comportamiento —como ansiedad o estrés— consumen fármacos que pueden alterar las pruebas médicas”, advierte.
En este sentido, algunos antidepresivos e inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina —ISRS— modifican los niveles de las hormonas tiroideas en la sangre y reducen la glucosa. Otros medicamentos pueden provocar incrementos en la glucosa, como los antidepresivos tricíclicos.
“Todo esto puede dificultar enormemente llegar al diagnóstico físico real, por lo que la comunicación con el veterinario debe ser siempre totalmente transparente sobre cualquier sustancia que se le esté dando al animal”, insiste.
“El sistema nervioso central es el máximo director del comportamiento. En ocasiones, no existe una línea divisoria clara entre una enfermedad puramente neurológica y un trastorno psiquiátrico o conductual”, explica.
El caso más evidente son los trastornos compulsivos, como los animales que persiguen su propia cola sin parar, que atrapan moscas invisibles en el aire, que giran obsesivamente sobre sí mismos o que sufren de temblores.
“Ante este escenario, ¿es un problema de ansiedad severa de origen psicológico o se trata de una lesión microscópica en el cerebro? La colaboración estrecha entre educadores, etólogos veterinarios y neurólogos resulta esencial”, sostiene.
Para orientar el diagnóstico neurológico, los especialistas utilizan la regla “VITAMIN-D”, que clasifica los problemas cerebrales en causas Vasculares, Inflamatorias, Traumáticas, Anómalas, Metabólicas, Idiopáticas, Neoplásicas y Degenerativas.
“Y aquí reside un dato fascinante: un animal puede pasar un examen neurológico básico sin problemas aparentes y, sin embargo, padecer una grave alteración orgánica. Esto se debe a que existen las llamadas ‘áreas silenciosas’ en el cerebro, como los lóbulos frontales”, indica.
Así, si el animal sufre un tumor u otra lesión en estas áreas, no mostrará cojeras ni problemas físicos; la única manifestación de su enfermedad será un cambio radical en su personalidad.
“Dependiendo del área del cerebro afectada, el comportamiento variará enormemente. Un daño en el prosencéfalo provoca incapacidad de reconocer estímulos y pérdida de hábitos aprendidos. Si la lesión está en el sistema límbico, que rige las emociones básicas, el perro o el gato sufrirá intensas explosiones emocionales de miedo o rabia incontrolables”, explica.
Por último, Muñiz de Miguel recuerda que no hay que olvidar la epilepsia. “Más allá de los temblores o convulsiones motoras evidentes, la epilepsia constante tiene un profundo impacto neuroconductual, agotando mentalmente al animal, mermando su capacidad de aprendizaje y generándole una ansiedad crónica que destruye su calidad de vida en el día a día”, señala.
“La mente y el cuerpo de nuestras mascotas están fuertemente conectados. La próxima vez que observes que tu fiel compañero muestra una actitud arisca repentina, destruye muebles, parece inusualmente apático o rechaza tus caricias, no asumas que simplemente se ha vuelto ‘malo’. Obsérvalo de cerca y acude siempre al veterinario. Su cambio de carácter probablemente sea un grito de auxilio físico que, si es diagnosticado de manera exhaustiva y a tiempo, podrá tratarse, garantizando así un bienestar integral para tu amigo y tu familia”, concluye.